Hace poco abrí un canal de YouTube. Sí, ahora también soy aspirante a youtuber. Uno de los primeros vídeos que publiqué fue Las dos caras de Miami, así que, por una vez, el orden ha sido al revés: primero llegó el vídeo y después este post.
Cuando pensamos en Miami casi todos imaginamos lo mismo: playas interminables, casetas de socorristas de colores, hoteles art déco, Ocean Drive y palmeras.
Y sí, esa Miami existe.
Pero también existe otra muy distinta.
Una ciudad con barrios históricos, pequeñas casas de madera construidas por inmigrantes bahameños y calles tranquilas que poco tienen que ver con el bullicio de South Beach.
Hoy quiero enseñaros ambas.
La Miami de las postales
Amanece sobre Miami Beach y comienzo mi paseo por el boardwalk. El mar está completamente en calma y las primeras luces del día iluminan las famosas casetas de los socorristas, uno de los grandes símbolos de la ciudad.

Mientras camino hacia el sur aparecen algunos de los edificios más emblemáticos de Miami Beach. Entre ellos destacan el The National Hotel, uno de los mejores ejemplos del art déco de la ciudad, y el Fontainebleau, convertido en todo un icono desde que apareciera en Goldfinger, la película de James Bond.
Muy cerca paso junto al Bass Museum y descubro varias instalaciones artísticas al aire libre. Después continúo entre jardines y pequeños canales. No aparece ningún cocodrilo —una pena, porque a mi madre le encantan y habría sido una buena historia que contarle—, pero sí llego a Española Way, una calle peatonal de aire mediterráneo que, aunque a primera hora está casi vacía, invita a imaginar el ambiente que debe tener al caer la noche.

El paseo desemboca, inevitablemente, en Ocean Drive. Sus hoteles de colores pastel, los coches clásicos aparcados frente a las fachadas y el ambiente relajado hacen que parezca un decorado de cine.
Entre todos ellos destaca Villa Casa Casuarina, la antigua mansión de Gianni Versace, convertida hoy en hotel. Es imposible no detenerse unos minutos frente a uno de los edificios más fotografiados de Miami.

Hago una pausa para desayunar en Café Americano, uno de esos lugares que descubres por casualidad y al que siempre apetece volver.
Continúo caminando junto al mar hasta llegar a South Point Park, desde donde se contemplan las playas, los cruceros entrando y saliendo del puerto y el perfil de la ciudad. Siempre que estoy aquí me viene a la cabeza la introducción de CSI: Miami.
Mientras observo el océano recuerdo una Nochevieja que pasé precisamente en estas playas. La celebración terminó con música en directo y decenas de personas bailando salsa bajo las estrellas. Porque, al final, un viaje no se recuerda solo por los lugares que visitamos, sino también por los momentos que vivimos en ellos.
La otra Miami
Pero basta subir a un tren para descubrir una ciudad completamente diferente.
Sin playas.
Sin hoteles art déco.
Sin neones.
Mi destino es Coconut Grove, el barrio más antiguo de Miami.
Empiezo el recorrido por Charles Avenue, una calle poco conocida pero fundamental para entender la historia de la ciudad. A finales del siglo XIX llegaron aquí numerosos inmigrantes procedentes de las Bahamas buscando una vida mejor. Ellos participaron en la construcción de carreteras, hoteles y viviendas cuando Miami apenas empezaba a crecer.

Todavía se conservan algunas de las pequeñas casas de madera donde vivían aquellas familias. Muchas son las conocidas shotgun houses, un término que aprendí durante mi viaje a Nueva Orleans. Son viviendas largas y estrechas que, según la leyenda, recibieron ese nombre porque un disparo efectuado desde la puerta principal podía atravesarlas hasta salir por la parte trasera sin encontrar ninguna pared.
En esta misma calle se encuentra la casa de Mariah Brown, una inmigrante bahameña que llegó a Estados Unidos en 1880 junto a sus tres hijas. Su hogar terminó convirtiéndose en el corazón de la comunidad afrobahameña, cuyo papel fue esencial en el desarrollo de Miami y, sin embargo, apenas aparece en las guías de viaje.
Antes de llegar al centro del barrio paso junto a la E.W.F. Stirrup House, una de las pocas casas de madera del siglo XIX que aún se conservan, y poco después entro en The Barnacle Historic State Park, donde se encuentra la vivienda más antigua que sigue en pie en el condado de Miami-Dade. Construida en 1891 por Ralph Middleton Munroe, ofrece unas preciosas vistas de la bahía de Biscayne.
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El paseo continúa entre el puerto deportivo de Peacock Park y Regatta Park, un rincón mucho más tranquilo que la Miami de las postales.
Como casi siempre que viajo, termino entrando en una librería. En este caso en una sucursal de Books & Books, la librería independiente más antigua de Miami, uno de esos lugares donde podría pasar horas curioseando entre estanterías. En su cafetería fueron todos encantadores y estuvimos charlando de viajes mientras probaba mi primer bubble tea.

Antes de regresar hago una última parada para comer un delicioso plato vegano en Avo Miami. Allí una camarera peruana me atiende con una enorme sonrisa y acabamos conversando un buen rato. A veces son precisamente esos encuentros inesperados los que terminan convirtiéndose en el mejor recuerdo del viaje.
Nota literaria
Las postales son pequeños fragmentos de un viaje que emprenden su propio camino, llevando escritas nuestras aventuras hasta lugares lejanos. En La corresponsal, de Virginia Evans, descubrimos cómo un gesto tan sencillo como escribir una carta —o una postal— puede cambiar una vida, tender puentes entre personas y decir aquello que a veces nunca nos atrevemos a expresar en voz alta. Quizá por eso sigo enviando postales cada vez que viajo: porque, mucho después de regresar, continúan contando la historia de aquel viaje.
