Es temprano y mi vecino ya está sentado observando la vida. Le saludo y subo al autocar que nos lleva a la región del Delta del Mekong. El trayecto dura cuatro horas, así que saco mi libro y, entre líneas, dejo que pase el tiempo.
Nuestra primera parada es la casa histórica del señor Kiet, que es mucho más que una vivienda. En el corazón del Delta del Mekong, sus paredes guardan historias del pasado de Vietnam.

De allí nos vamos a dar un paseo por el río Mekong, uno de los más grandes de Asia. Con 4.350 km, atraviesa seis países: China, Myanmar, Laos, Tailandia, Camboya y Vietnam. Siento que en esta región todo gira en torno al río.

Llegamos a un taller donde hacen papel de arroz, dulce de coco con su leche, palomitas de arroz, dulces con ellas y vino de arroz fermentado. Es interesante verlo. Imagino que llevan a los turistas a este tipo de sitios. También paramos en un taller donde creaban cuadros con cáscaras de huevo; la verdad es que eran impresionantes. Formaban parte de una asociación de personas con discapacidad o afectadas por el agente naranja, que dejó una huella imborrable para muchos.
Debo mencionar otro encuentro con animales explotados por el turismo. Tenían un par de serpientes en una jaula; podías cogerlas y colocártelas encima. Solo una persona del grupo lo hizo. Creo que todos los demás sentíamos que era cruel; desde luego, esta chica de Australia y yo así lo comentamos. Más adelante, hablando de animales con otra chica sueca que había participado en esa actividad, se quedó callada pensando en ello. Creo que no era consciente, que no había caído en ello. Nos ha pasado a todos en algún momento. Pienso que lo más importante es tomar conciencia y no apoyar este tipo de prácticas: son crueles y los animales merecen vivir libres, no encerrados por el capricho de un turista.
Seguimos nuestro crucero por el Mekong y embarcamos en unas barcas más pequeñas, donde solo cabemos dos personas y el remero. Me coloco el sombrero vietnamita y navegamos por ríos que tantas veces hemos visto en películas. Me encantó. Hacía calor húmedo (pero no insoportable, como debe ser en pleno verano). El río está bastante sucio y marrón, aunque esto último también forma parte de su encanto.

Volvemos a subirnos a una bicicleta y damos un paseo por tramos de tierra entre brazos del río hasta donde vamos a comer. Como siempre, la comida era rica y había opciones veganas para mí. Después de comer, nos deleitaron con un espectáculo musical y algo de danza muy bonito. Lo más gracioso fue una pequeñina que decidió participar y le dio un toque de ternura.
Nos dirigimos a la ciudad. Allí paramos para visitar el monasterio budista Chùa Munirensay, donde un amable monje nos lo enseña y nos explica las diferentes posturas de Buda, que me pareció muy interesante según su estado de iluminación.

Mi hotel tiene vistas al río. Doy un paseo por el paseo marítimo antes de ir a dormir. Los días han sido agotadores y muy gratificantes durante todo el viaje, pero a esas horas mi energía siempre andaba baja, así que me he dedicado a disfrutar de madrugar y de todo lo que me han ofrecido durante las horas de sol.
El mercado flotante es nuestro próximo destino y, por ello, debemos salir tempranito. Al llegar, me maravillo con su locura, su bullicio y la sonrisa de los barqueros. Uno se acerca con su barca y la ata a la nuestra; nos ofrece zumo de naranja recién hecho por 1 euro, que exprime frente a nosotros. Algunos toman café con leche condensada, que es muy popular aquí.
Nos llevan a visitar una casa-barco, donde vemos cómo viven en ese espacio reducido.

Al desembarcar, lo hacemos en un mercado lleno de animales marinos semivivos… No me gusta nada. Doy un rodeo y me voy hacia las verduras, paseando mientras observo cómo cada puestecito se monta para ofrecer sus mercancías.

De allí caminamos por otro tramo de tierra entre agua. Cruzamos un mini puente que más bien parece hecho para equilibristas para ir a ver un lugar bastante divertido donde hacen estallar el arroz.
De regreso a Saigón, leo de nuevo durante esas cuatro horas. A la mañana siguiente me voy a mi café favorito, que está junto a mi homestay, Misa House, donde cuidaron de mi maleta mientras estaba en el Delta.
En el café Mon Ami me ofrecen un chocolate rico con leche vegetal. Hay un gatito que aparece cuando le apetece estirar las piernas, y allí sigo leyendo: estoy a punto de acabar el libro.
En un rato llamo un Uber que me lleva al aeropuerto… y a casa.
NOTA LITERARIA
Ayer, antes de escribir este post, terminé de leer un libro con una portada preciosa y muy primaveral: La librería mágica de los cerezos en flor, del japonés Takuya Asakura.
Es una novela formada por cuatro historias entrelazadas, cada una conectada a un libro distinto… pero en el fondo todas exploran lo mismo: cómo las palabras pueden ayudarnos a sanar.
Me encantó porque no es una historia ruidosa, sino de esas que reconfortan en silencio. Habla de perdonar, de reconectar, de soltar el dolor… y de cómo, a veces, un libro llega justo cuando más lo necesitas.
Es delicado, nostálgico y muy humano. Si te gustan las historias que se quedan contigo después de terminarlas, te lo recomiendo mucho, perfecto para primavera.
