Aterrizo en mi último destino vietnamita, la ciudad que durante años conocimos como Saigón, epicentro de uno de los conflictos más devastadores del siglo XX. En 1975, tras la caída del régimen pro estadounidense, pasó a llamarse Ciudad Ho Chi Minh, en honor al líder que impulsó la unificación del país.
El nombre de Saigón se popularizó durante la ocupación francesa de la Cochinchina —sí, ese lugar que en España usamos como sinónimo de “muy lejos”—, que no era otra cosa que el sur de Vietnam.
Nada más llegar, fui directa al Museo de los Vestigios de la Guerra, del que me habían hablado mucho. Pasé allí varias horas leyendo paneles, observando fotografías y recorriendo salas llenas de tanques, aviones y recuerdos incómodos. Salí bastante impactada. Por alguna razón, no era del todo consciente de la magnitud que había alcanzado este conflicto, que allí se conoce como la “Guerra de América”.
Las torturas, el uso de armas químicas como el agente naranja, los experimentos… todo resulta difícil de asimilar. Todo ello apoyado por un país que durante años ha intentado limpiar su imagen a través del cine y las series, sin terminar de conseguirlo, como se está demostrando una vez más en los días que vivimos. Es uno de esos lugares que te obligan a parar, a mirar con calma y a intentar entender, aunque sea un poco, lo que ocurrió.

Pero Ho Chi Minh no es solo memoria. Es también caos, vida, motos infinitas y una energía que contrasta con el peso de su historia.
Mi homestay, Misa House, es pequeño, muy limpio, con una habitación espaciosa y cocina. Está en un pequeño callejón, así que al día siguiente, por la mañana, me recogen allí para hacer un tour por la ciudad. Mientras espero, me siento en una pequeña sillita que hay en la calle y saludo con una ligera inclinación de cabeza a un señor al que veré cada mañana, siempre sentado en el mismo sitio, serio y vestido con lo que parece un pijama.

El tour empieza en la catedral, la Notre Dame vietnamita. Los franceses querían convertir Saigón en una pequeña París, pero al estar completamente cubierta por obras no podemos admirarla como nos gustaría. Justo al lado está la Oficina Central de Correos, a la que yo ya había ido el día anterior. Volví igualmente, porque me encantó eso de comprar postales y enviarlas como en los viejos tiempos.

La Book Street o Calle de los Libros, justo al lado de la oficina de correos, es una calle que invita a quedarse. Cuando el tour se dirigió al Museo de la Guerra —que yo ya había visitado— decidí volver allí. Me senté en un café con un libro que compré en una de las pequeñas tiendecitas y esperé tranquilamente al grupo. Me alegré de haber ido al museo el día anterior, porque quise dedicarle tiempo, y en el tour no se pueden permitir ese ritmo.

Desde la Oficina de Correos también se puede ver el edificio donde aterrizó el último helicóptero estadounidense al final de la guerra, una imagen que marcó el cierre de una época.
Nuestro guía es un auténtico pozo de sabiduría, y eso hizo que la visita al Palacio de la Reunificación resultara mucho más interesante. Cada sala, cada pasillo, cada búnker cobra sentido a través de sus explicaciones.
Al salir, me di cuenta de por qué había tantas chicas —y también algunos chicos— haciéndose fotos en lugares icónicos del país. Estábamos en pleno Año Nuevo Lunar, similar al Año Nuevo Chino, y este era el año del caballo. Las fotos eran parte de la celebración.
Por la tarde visitamos los túneles de Cu Chi, los más largos del mundo. Después de ver proyectiles y restos de armas, caminamos por la selva hasta llegar a una de las entradas. Allí, un joven nos hace una demostración de cómo entrar y salir sin ser detectado, yo me ofrecí voluntaria para entrar y salir de esa forma.

Los respiraderos estaban camuflados como montículos de termitas. En la cocina tenían varios conductos, pero solo cocinaban al amanecer o al anochecer, cuando el poco humo que salía podía confundirse con la bruma natural del lugar vista desde el aire.
Nos enseñaron distintos tipos de trampas. Lo reciclaban todo: restos de bombas, escombros… cualquier cosa podía convertirse en una herramienta de defensa.
Nos metemos en el túnel. Me sigue pareciendo increíble que pudieran vivir ahí abajo.

Incluso aprovechaban los cráteres de las bombas para construir más túneles, ya que esos huecos ayudaban a recoger agua.
Su dieta se basaba en gran parte en tapioca con una especie de sal. Al crecer bajo tierra, estaba menos expuesta a la contaminación.
Su ingenio me dejó muy sorprendida. Era un pueblo que luchó por su libertad: hombres, mujeres, jóvenes, mayores… todos, durante más de 19 años.
NOTA LITERARIA
Durante estos días no pude evitar pensar en 1984, de George Orwell. Un libro que habla de control, manipulación y de cómo se construyen los relatos que terminan convirtiéndose en “verdad”.
Después de visitar el Museo de la Guerra y los túneles de Cu Chi, esa sensación se hace más presente. La historia no siempre se cuenta igual según quién la narre, y hay versiones que, durante años, se intentan imponer sobre otras.
Quizá por eso impacta tanto estar aquí. Porque dejas de leerlo en un libro o de verlo en una pantalla, y empiezas a entender que detrás de todo hay personas, vidas y consecuencias reales que no se pueden editar ni suavizar.
