Un día soleado en Bucarest

Tenía muchas ganas de ir a un país nuevo. Suelo repetir destinos —algunos lugares me conocen casi mejor que mi propio barrio—, así que esta vez decidí cambiar de rumbo y llegué a Rumanía, o más concretamente, a su capital: Bucarest.

El sol me acompaña, así que salgo temprano a caminar. En la plaza George Enescu encuentro un jardín lleno de vida, y en él, el imponente Ateneo Rumano, con su cúpula elegante y su aire de templo clásico dedicado a la música.

Poco después aparece ante mí otro edificio que me deja sin palabras: la Biblioteca Central Universitaria. Su fachada neobarroca se alza majestuosa frente a la plaza de la Revolución, donde una escultura en forma de obelisco recuerda los días convulsos de diciembre de 1989, cuando Rumanía cambió su historia para siempre.

En un pequeño parque cercano descubro una iglesia diminuta, de esas que parecen esconder un secreto. Junto a ella, un soportal conduce a mi primera librería del viaje: Nebulous Stars, con su pequeño café, un piso superior y libros en varios idiomas.

Camino sin prisa. Tras pasar el bonito Hotel Continental, llego a un pasaje muy “instagrameable”: un arco iris de paraguas multicolores cuelga sobre mi cabeza. Intuyo que los responsables son los dueños de la Trattoria Colosseo, el restaurante que ocupa el pasaje.

El Teatro Odeon luce una fachada preciosa, y frente a él el sonido del agua de una fuente acompaña la escena.

Y entonces, ¡ajá! Un café histórico: Casa Capșa, fundada en 1852. No puedo resistirme. Entro. Su interior me transporta a otro siglo —lámparas, espejos, molduras, el rumor de conversaciones suaves—. Imagino tertulias literarias, pasteles de nata y tintineos de copas de champán.

En la plaza Tricolorului varios edificios oficiales se suceden, mientras el tráfico marca el ritmo de la ciudad.
Llego después a la plaza de la Universidad, animada, rodeada de facultades y esculturas que rinden homenaje a figuras históricas del país.

Por el camino, entro en varias iglesias ortodoxas: pequeñas, circulares, llenas de dorados y frescos coloridos. No hay bancos como en las católicas; aquí la fe se vive de pie, entre el humo del incienso y la penumbra de las velas.

Más adelante, un gran portal llama mi atención. En la terraza hay gente tomando algo; la entrada es espectacular. Descubro que se trata del restaurante Le Dome, y no decepciona: techos con frescos, lámparas de cristal y un baño digno de visita.

Muy cerca, otro edificio impresionante: el antiguo Banco Nacional, hoy convertido en un hotel elegante. En su entrada, una puerta dorada conduce a The Vault, un bar subterráneo que abre a las seis de la tarde y donde se puede brindar rodeado de cajas fuertes.

Otro rincón encantador es el Pasaje Macca-Vilacrosse, con forma de estrella. Varias calles convergen en su centro, bajo un techo de cristal dorado. Cafés, bares y restaurantes llenan el espacio de vida, sin importar el tiempo que haga fuera.

El Museo Nacional de Historia merece una visita pausada. Desde allí, las calles peatonales del centro me llevan a lugares con nombres tan diversos como el Grand Café Van Gogh o el pub irlandés Kilkenny, donde la mezcla cultural se siente viva.

Más adelante me esperan tres joyas literarias:

  • Takumi, una librería japonesa delicada y minimalista.
  • Cărturești Carusel, la más famosa de la ciudad, con su interior blanco y luminoso que parece una espiral de luz.
  • Y Mihai Eminescu, un refugio clásico con ese aroma de papel y tiempo que tanto me gusta.

Entre iglesias, plazas y cafés, no falta la visita al restaurante Caru’ cu Bere, “el carrito de cerveza”, que desde 1924 sirve comida tradicional en un entorno de vitrales y madera tallada.

El Palacio del Parlamento se impone a lo lejos, monumental, y antes de despedirme paso frente a la clínica Nadia Comăneci, un guiño a la historia deportiva del país.

NOTA LITERARIA

El libro que mejor acompañaría este paseo sería Drácula, del escritor irlandés Bram Stoker, cuya historia se entrelaza inevitablemente con Rumanía. Pero como aún no lo he leído, hoy prefiero traeros otro: a mi querido Federico García Lorca y su obra teatral La casa de Bernarda Alba.

Quizá Bernarda, con su luto riguroso y su deseo de control, tenga algo del aire sombrío de Drácula.
En una España de los años treinta, tras la muerte de su marido, decide guardar siete años de luto, encerrando a sus hijas —jóvenes, vivas, deseosas de mundo— tras las paredes del silencio y la tradición.

Mientras caminaba por Bucarest pensaba en ambas historias: en la fuerza de las mujeres, en los silencios que pesan y en los que liberan.

Quizá viajar sea, simplemente, una forma de seguir buscando la luz, incluso entre las sombras.

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