Para quienes siguen mis aventuras en Instagram, ya sabéis que mis historias dublinesas no se quedan solo en la ciudad. Hoy escapamos a sus alrededores, donde el aire es más fresco, los verdes más intensos y cada rincón parece sacado de un cuento.
Mi día empieza temprano. Frank me anima a ir con su amigo a nadar a Dún Laoghaire. Sí, habéis leído bien: aquí los irlandeses nadan TODO EL AÑO. Bueno… se dan un chapuzón, pero es la primera alegría de la mañana, un ritual que llena de energía antes de un desayuno calentito de gachas con chocolate. Me prometí que la próxima vez me meteré en el mar —ya sabéis lo que dicen: donde fueres…
Después cogemos el DART hacia Dalkey, un pueblo costero pintoresco donde cada calle invita a perderse. Es bucólico, luminoso, casi de postal. Me enamoro de la fachada divina de su biblioteca pública creada en 1901, de sus tiendecitas y cafés con encanto. El pub Sorrento me lleva a leer el capítulo del libro de Bono, Surrender, donde recuerda a su padre y las horas que pasaban charlando precisamente allí.

Caminamos por senderos de hadas que nos conducen hasta un obelisco en Killiney Hill Park, desde donde disfrutamos unas vistas increíbles. Al bajar, todavía entre árboles, nos detenemos en un pequeño café lleno de paseadores de perros y familias: un ambiente maravilloso, sencillo, cálido.

Al llegar a la colina baja, pasamos por la playa de Killiney, muy popular entre los valientes “nadadores irlandeses”. Allí encontramos varias saunas portátiles ideales para un baño de vapor después del chapuzón en las frías aguas del mar de Irlanda.
Mientras espero el bus en Brye para ir a Enniskerry, descubro una encantadora librería infantil escondida en un callejón: Tales for Tadpoles. Su dueña, adorable, me invita a subir al piso superior, donde puedo llevarme una taza de café y soñar que estoy dentro de un cuento.
Justo al lado está Caffè Letterario La Gatta Nera, pequeño, lleno de libros y de pequeñas figuras de gatos. Hablo con la chica de la barra en italiano y sigo mi camino con el corazón contento.
En Enniskerry me recibe un clásico: un café llamado Poppies (amapolas), tan acogedor que me habría quedado horas, aunque esta vez no tenían opciones veganas. Continúo mi recorrido entre senderos de hadas y pequeños caminos boscosos donde la magia parece esconderse detrás de cada árbol. La naturaleza irlandesa tiene algo hechicero: te hace sonreír sin motivo y te expande el pecho sin que te des cuenta.

En el camino encuentro una iglesia con una pequeña exhibición: una maqueta que representa escenas cotidianas irlandesas. Charlo con el cura, que me cuenta su historia. La maqueta busca un nuevo hogar en algún museo; mientras tanto, se deja admirar en ese escenario tan hermoso. Qué agradable es la gente aquí. Adoro este país.
Finalmente llegamos a la joya del día: Powerscourt House and Gardens. La elegancia de la casa, la perfección de los jardines, los senderos que serpentean entre fuentes y estatuas… todo invita a caminar despacio, a contemplar y dejarse llevar por el esplendor otoñal.
En sus extensos jardines existe incluso un cementerio para mascotas, donde descansa una Black Beauty.

Me siento extasiada entre los árboles y los setos. Llego al jardín japonés y me meto bajo una roca en forma de arco porque estoy convencida de que, de algún modo, se me va a pegar toda la magia y energía del lugar.

Dublín y sus alrededores tienen esa capacidad única de combinar historia, literatura, naturaleza y un toque de encanto difícil de explicar. Y mientras regreso a la ciudad, pienso en cómo estos pequeños viajes fuera del centro amplían la visión de todo lo que esta tierra ofrece.
Nota literaria
Me gustaría traer otro clásico irlandés: el rey del teatro del absurdo, Samuel Beckett, y su obra Esperando a Godot.
Un texto que, entre silencios, repeticiones y esperas interminables, nos recuerda que a veces el viaje —como esta escapada fuera de Dublín— está en las pequeñas cosas que pasan mientras te diriges hacia otra parte.
