Día 3 · Ninh Binh
Después de desayunar en el hotel, me recogen para llevarme al bus con el que iremos a Ninh Binh, a unas dos horitas de Hanoi.
En cada tour nos acompaña un guía que nos va contando historia y explicándonos qué vamos a ver. Hoy tenemos tres actividades.
La primera es la visita al templo Dên thờ vua Đinh – Hoa Lư, situado junto a un bello lago rodeado de montañas. El lugar es realmente precioso.

Hay, sin embargo, una nota que me deja con mal sabor de boca: un búfalo decorado con una flor se acerca a la entrada con su dueño para que los turistas se suban a él y se hagan una foto. Por supuesto, el más grandote del grupo hizo lo propio. No pude resistirme a decir en voz alta lo que pensaba. Imaginaos el día a día de ese pobre animal… sin palabras. Tomemos conciencia: los animales no son entretenimiento turístico.
Alexandra es una canadiense de lo más simpática. O como diría Meryl Streep sobre Ryan Gosling: «como todas las personas simpáticas del planeta, es canadiense». Admiramos el templo juntas mientras compartimos una bonita charla.
Al llegar al restaurante donde íbamos a comer, comenzó la segunda actividad: un paseo en bici recorriendo lagos y el pequeño pueblo, entre esas montañas tan bellas. Un lugar muy pacífico que me encantó.

Después de una comida rica y abundante (también con opciones veganas), nos dirigimos al río Tam Cốc – Bích Động, donde nos esperaban unas barquitas para dar un paseo de una hora y media. Aguas verdes, montañas, vegetación, fauna, cuevas y el sonido de los remos. Solo podían ir dos personas por barca; fuimos Álex y yo, continuando nuestra charla mientras disfrutábamos del paisaje y de la paz que se respiraba.
La nota más graciosa del paseo fue ver cómo las remeras y remeros manejaban los remos… ¡con los pies! Sí, solo usaban las manos para salir de la zona de embarque. ¡Qué cracks!

Como última actividad del día, visitamos una zona de campos de arroz ya cosechados, desde donde se puede subir a dos montañas a través de interminables escalones: la Montaña del Dragón Dormido (The Lying Dragon) y la de la Pagoda. Desde Hang Múa podemos admirar el río por el que hemos navegado; las vistas desde lo alto son espectaculares.

Regresamos a Hanoi con el corazón contento.
Día 4 · Hanoi
Tengo todo el día en Hanoi antes de embarcarme esta noche en un bus cama rumbo a Sapa. Así que salgo a caminar para descubrir el barrio de la Ópera, algunas zonas de grandes almacenes con firmas caras y el área de la prisión de Hoa Lo.
Visito la catedral y, muy cerca, la biblioteca, que tiene una exhibición de fotografías de Vietnam en sus jardines. Frente a ella está la bonita estación de policía y, a un par de calles, el llamativo edificio de Uniqlo; si te gusta la marca, es más barata allí. Se encuentra frente al lago cercano a mi hotel y pienso en lo que significa Hanoi: ciudad dentro del río.

Voy vestida con una camisa y unos vaqueros, pero hoy la temperatura está algo más que templada. Tengo un poco de calor y estoy cansada de deambular, así que me voy a mi refugio. El de hoy será la cafetería original (de las cinco que hay en Hanoi): voy a tomarme un chocolate Marou en Tranquil Coffee, al que accedo a través de un callejón que casi se me escapa.
No tengo prisa. Disfruto de estar aquí leyendo y me digo que no hay que verlo ni hacerlo todo. Eso me da paz cuando viajo, porque así es.
Voy en busca de Ethic Travel, una librería de viajes cuyos libros están todos cubiertos por plástico. Rodeo el lago, que durante el fin de semana se llena de mercadillos y se cierra al tráfico: los niños juegan, la sociedad pasea y yo busco la librería más antigua de la ciudad, Nhà sách Mão. Encuentro dos, pero no la veo, hasta que una librera me indica un pequeño callejón. Cómo no, está bien escondidita.
Me recuerda a Daunt Books, en Londres, por su balconcito en la planta superior. Tiene libros repartidos por todos sus rincones y una balanza para venderlos a peso. Es un lugar encantador, una pena no leer vietnamita.

NOTA LITERARIA
Este viaje, hecho de paseos lentos y trayectos compartidos, me ha regalado también tiempo para la lectura. Uno de los libros que me acompañó fue el segundo de un escritor español al que conozco y admiro profundamente por su manera de escribir: Ventanas sin rejas, de Paulo García Conde.
La historia comienza con Miquel despertando en un hospital psiquiátrico tras un accidente, internado contra su voluntad. Desde ahí, la novela se adentra en la psique humana y se mueve en ese territorio frágil donde la libertad y su ausencia se confunden, donde la realidad se vuelve porosa y las certezas se resquebrajan.
Es una lectura que no juzga, que observa. Que pone el foco en la humanidad de sus personajes, en la compasión, en la empatía, en las grietas que todos habitamos. Un libro que acompaña, que incomoda a ratos y que, sin alzar la voz, deja poso.
Quizá por eso encajó tan bien en este viaje: porque, igual que Vietnam, invita a mirar despacio y a entender que no todo necesita explicarse para ser sentido.
