Brisbane, la Australia tropical.

Aquí sigo en mi amada Australia. Esta vez en Brisbane, a una hora en avión al norte de Sídney, a donde llegué en un día caluroso. Mi amigo James vino a darme un abrazo mientras yo desembarcaba antes de que partiera a coger su avión y Andrew me recogió en llegadas, ¡qué ilusión verles después de tantos años!

Nos dirigimos a Hendra, que no queda lejos del aeropuerto. Es una zona residencial muy bonita, con calles pobladas de árboles que cuando florecen, se cubren de bellas flores rojas y tienen unas vainas enormes, me quedé con la boca abierta, ¡son tan largas como mi brazo!

Hay dos hipódromos, solía haber muchas cuadras, aunque cada vez hay menos todavía se pueden ver caballos cruzar sus calles; también se pueden admirar bellas casas «Queenslander», construidas sobre columnas para que pueda pasar el aire y refrescarlas.

Hay un café maravilloso en la calle Mason llamado Saabi Café, donde además de preparar un café excelente, tienen un chocolate con leche de macadamia delicioso. Adoraba ir cada mañana a tomar una gran taza que acompañaba con tostadas del pan turco, el mismo que probé en mi visita a Las Montañas Azules, con Vegemite que es tan australiano como el canguro. Se trata de una pasta negra extraída de levadura, salada y con muchas vitaminas. Se creó en 1923 por la escasez tras la guerra de pastas para untar. Es “alimento nacional”, parecida a la marmite inglesa, para los que la conozcáis.

En este punto de mi viaje ya me sentía más local que el koala. Quien más me hizo sentir parte del lugar fueron mis maravillosos vecinos. Andrew y James me presentaron a muchos clientes del café. Cada mañana hablaba con unos y otros, saludaba a sus nenes y a sus perritos, incluso los cuidaba mientras ellos encargaban su café.

Por las tardes llevábamos a nuestros tres vizslas/hijos a dar un paseo por una playa que queda junto a un manglar.

Nudgee beach está a diez minutos de Hendra, y me parecía tan bonita que lo único que la mejoraba era ver a Otto corriendo, a Odi pescando y a Red despistado.

Hubo quien dijo que no era de las mejores playas, pero para mí era preciosa, toda para nosotros, con puesta de sol incluida.

Estas rutinas me hacían muy, muy feliz. En mi primera noche fuimos a un mercado de lo más cool, junto al rio, llamado Eat Street Northshore. Había montones de personas, puestos para comer de todo tipo, conciertos, la atmósfera era genial parecía un festival.

Comimos un rico hindú junto al rio y compramos chuches para los perritos.

Queensland es tropical y de día, en verano, hace bastante calor, por eso la tarde del día siguiente nos fuimos al monte Kootha desde donde se puede ver la ciudad entera. Vimos anochecer y como se iban encendiendo sus luces. Fue mágico.

Nos gustan los atardeceres, así que al día siguiente cogimos el ferry que va hasta el centro. Os lo recomiendo 100%. Es como coger un bus que planea sobre el agua, va de lado a lado del rio recogiendo a los pasajeros y a curiosos como nosotros que quieren disfrutar del recorrido y las vistas.

El trayecto fue fabuloso, ver la silueta de la ciudad mientras el sol se ponía fue mágico y espectacular.

Anochecía y nos acercábamos al centro, ver el puente Story iluminado en azul entre las luces fue muy seductor.

Nos apeamos en South Bank Parklands, allí nos adentramos en un paseo que era igual que el interior de una ballena, o así es como yo lo imagino cuando pienso en Jonás y la ballena.

Junto a la inofensiva tripa ballenera había una gran noria y una playa de ciudad, fabricada para el disfrute de sus ciudadanos en los días calurosos, debo decir que estaba a rebosar.

Incluso la señal que lee Brisbane estaba llena de pequeñas criaturas, como podéis ver.

Una mañana temprano, por eso del calor, nos aventuramos a ir de paseo. Primero fuimos a New Farm, un área muy bonita con edificios coloniales mezclados con casas “Queenslander” (originales de Queensland), un parque donde paseamos a los “peques” y restaurantes junto al rio donde comer y relajarse.

Desde allí cruzamos nuestro puente Story hasta Kangaroo Point, que queda frente al distrito financiero.

Para llegar a los Kangaroo Cliffs o acantilados hay un agradable paseo junto al rio, con zonas con barbacoas para picnics, iguanas cruzando, paradas del ferry y profesores de escalada, sí, para escalar o hacer rápel.

Ya veis, un parque/paseo para todos los gustos. Empezaba a apretar el calor, así que por los perritos decidimos regresar.

Por la mañana en mi usual visita al Saabi café, mientras me tomaba mi chocolate con una tostada de avo o aguacate y Vegemite, me pregunte a mi misma ¿se puede ser más australiana?

Estuve leyendo un hermoso libro que me prestó Andrew, “Gratitud” de Oliver Sacks. En él su autor escribe su epitafio. Está en proceso de cáncer terminal y comparte con nosotros una meditación sobre su vida, tan fugaz como plena. Agradece cada momento de ella, incluso los más duros, como cuando su madre descubre que es gay y lo repudia, o su complicada relación con el judaísmo. Corto, intenso, bello.

Gracias Brisbane, gracias Hendra, gracias Saabi Café, gracias chicos por acogerme.

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Written by Lectora Nómada

Mis viajes alrededor del mundo siempre acompañados de un buen libro. My travels around the world always accompanied by a good book.

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